martes, 28 de abril de 2015

Niñez

Al volver a mi niñez, pienso en la población, en el frío. En los niños y sus rostros  cuarteados por el barro y el clima. No sé, marcados por  vivir, quizás. Pienso en el pipe,  que siempre me saludaba con una sonrisa, la que cubría por completo su rostro, lo hacía sentado en medio del barro, con los mocos corriendo, su carita irritada,  rodeado de perros. Sí, los perros deberían ser el símbolo de la injusticia, son los amigos de la pobreza, son parte de ella.
Siempre hay algo que llena más de lo habitual en la vida, un código secreto, un signo escondido entre medio de las jugarretas y travesuras de pequeña. La población,  marca mi pasado, mi presente y todo lo que soy.
 Mi casa,  la que guarda tanta historia, tantos compañeros que por allí pasaron, tantas luchas y tantos desgastes, tanta perseverancia y luego después de los años tanto el pasado pesa, deja huellas, pasaron los años, llegaron las arrugas, los achaques, pero la esperanza intacta.
Mis padres,  siempre escuchando, siempre dando la mano y prestando oreja a quien lo necesitaba y muchas veces rescataron las palabras de la gente que en la pobla aporta y mucho, pero para las autoridades, no son nadie, no son nada, un número más de población en riesgo.
Y luego de tanto andar, descubrí que los códigos y signos secretos estaban allí, en el volver cada tarde a casa, en las palabras de mi padre, el calor de los abrazos  de mi madre. Los códigos indescifrables que te hacen volver una y otra vez, no son más de que el amor infinito y el constante aprendizaje.
Mi casa, mi patio, los cerezos, las flores de primavera y las cuncunas que nos acechaban. Vuelvo siempre a la niñez, y ahí soy feliz, vuelvo cada noche y me acurruco en la cama. Es en la niñez donde aprendí a amar mi entorno, es ahí donde encuentro la paz, esa que hoy me hace respetar cada paso dado.

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