
Es preciso recordar los naranjos o los limones, cada vez que pisaba las calles de Santiago, pero esas calles brígidas, me encantaba observarlos y ojalá poder robarme alguna fruta, casi todas las casas tienen un árbol y siempre están cargaditos. En una ciudad donde pocas cosas florecen, hay árboles cargados de frutas jugosas, en poblaciones donde las flores son pocas y el sol quema la piel de los niños que juegan en la calle, existen naranjos y limones por doquier dando vida a las poblas empolvadas y olvidadas de Santiago.
Cuando era pequeña siempre recordaba el naranjito que estaba en la casa de la Pintana, y el que viajaba debía traerme una fruta de ese árbol chiquitito que era el más pobre del pasaje, francamente daba como 6 o 7 naranjas al año, pero una debía ser mía.
Es curioso el recuerdo teniendo muchas frutas acá en el sur y siempre en abundancia, pero claro lo que esta lejos, lo que no esta a mano, es lo que mas deseamos y bueno la vida esta cargada de estos deseos ocultos y jugosos, de esta capital que llama y se hace presente hasta en los deseo más íntimos, en los recuerdos de la niñez de una chica sureña que siempre se acordaba del naranjito.
El naranjo de la casa aún existe, esta mucho más alto y ahora si da hartas frutas, hace poco estuve en casa y aproveche de comerme varias, son algo ácidas, pero exquisitas.
Hoy desperté con sed de una fruta santiaguina, con nostalgia por un arbolito pequeño cargadito de limones, con ganas de disfrutar el jugo de una naranja algo ácida, pero natural, que solo se disfruta allá, en la pobla.