sábado, 27 de diciembre de 2008

Deseo Jugoso




Es preciso recordar los naranjos o los limones, cada vez que pisaba las calles de Santiago, pero esas calles brígidas, me encantaba observarlos y ojalá poder robarme alguna fruta, casi todas las casas tienen un árbol y siempre están cargaditos. En una ciudad donde pocas cosas florecen, hay árboles cargados de frutas jugosas, en poblaciones donde las flores son pocas y el sol quema la piel de los niños que juegan en la calle, existen naranjos y limones por doquier dando vida a las poblas empolvadas y olvidadas de Santiago.

Cuando era pequeña siempre recordaba el naranjito que estaba en la casa de la Pintana, y el que viajaba debía traerme una fruta de ese árbol chiquitito que era el más pobre del pasaje, francamente daba como 6 o 7 naranjas al año, pero una debía ser mía.

Es curioso el recuerdo teniendo muchas frutas acá en el sur y siempre en abundancia, pero claro lo que esta lejos, lo que no esta a mano, es lo que mas deseamos y bueno la vida esta cargada de estos deseos ocultos y jugosos, de esta capital que llama y se hace presente hasta en los deseo más íntimos, en los recuerdos de la niñez de una chica sureña que siempre se acordaba del naranjito.
El naranjo de la casa aún existe, esta mucho más alto y ahora si da hartas frutas, hace poco estuve en casa y aproveche de comerme varias, son algo ácidas, pero exquisitas.
Hoy desperté con sed de una fruta santiaguina, con nostalgia por un arbolito pequeño cargadito de limones, con ganas de disfrutar el jugo de una naranja algo ácida, pero natural, que solo se disfruta allá, en la pobla.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Cielo Nuevo


Desperté anhelando un cielo nuevo, quizás porque ayer fue el día que esperaba, el día en que el amor se hace profundo y los problemas se olvidan. El cielo nuevo brillaba y era para todos, nadie se quedaba esta vez sin un trozo de este cielo acogedor.
Un cielo nuevo donde aparece un cóndor de alas enormes sobrevolando las alturas y nadie quiere cazarlo. Un cielo nuevo donde todos podemos tener alas y decidir nuestro rumbo, un cielo nuevo donde no hay hambre, ni guerras, allí nadie es superior, todos nos escuchamos, yo te doy algo con mis manos y tú la recibes.
El cielo nuevo no desprecia a los viejos, las alas de ellos son aún más grandes que las que me gustaría tener, para llegar hasta Ciudad del Cabo. En este cielo nuevo todos los niños sonríen y los demás tienen la oportunidad de abrir sus ojos y ver el sol, allí ellos pueden nacer y ser mariposas. Solo hay vida en abundancia y todos se sientan y comen juntos compartiendo el alimento que produjo nuestra tierra y la mano del otro.
Seguir anhelando el cielo nuevo es más fácil de lo que se cree y se manifiesta en pequeños actos de amor, por ejemplo conversando, por ejemplo con una sonrisa.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Ya no es como antes

Las trincheras, con ellas soñé casi toda mi niñez

No es que me guste la violencia o la guerra, pero

Siempre quise estar en la trinchera con mi propio fusil

Es cierto también que soñaba con ese amor de trincheras

Ese compañero que cuidaría la espalda y el sueño.

Compañero de verdad, incondicional,

En una mano el fusil y en la otra una flor.

Ahora todo ha cambiado, las trincheras, los compañeros y los fusiles.

Si alguien me dice que vaya a la trinchera yo lo haría.

Con mi fúsil, claro está

Pero me cuidaría la espalda primero de mis compañeros

Luego de los enemigos

Porque los compañeros ya no son los de antes.

Ya no creen en Socialismo,

Ya no creen en el Amor.

El peso de la conciencia







Hoy recuerdo las palabras de un compañero que me decía ¿compañera y dónde queda la solidaridad con el género? Esas palabras llegaron directo a la cabeza y analizando unos segundos la frase, el peso del mundo se posó en mi espalda, mis labios tiritaron y se me apretó la garganta. Estaba en Santiago, en el terminal de buses, esperando cambiar el pasaje para ese día , lo único que quería era volver a Valdivia y verte. Pensando a la vez que tú ni te acordabas de mi.



Luego de un rato ibamos de vuelta a casa, el metro estaba como siempre lleno de gente, y mi calidad de mujer se desvanecía, me acurruque en un asiento y dormité hasta llegar a la estación trinidad, alguien me esperaba, una compañera, que en ese momento dejó de serlo, pués yo no era la mujer valiosa que supuestamente esperaban.



Avergonzada era la palabra, sólo quería estar sola, ojalá que en esa casa nadie me esperara, pero no era así, al llegar, corrieron a abrazarme a preguntarme como iba la vida y se sentaron a escuchar lo que habiamos aprendido en las jornadas, las palabras brotaban como agua de un manantial, pero mi cabeza estaba en otro lado y lo que habia aprendido del legado del compañero presidente, lo había pisoteado una y otra vez al olvidar la palabra hermandad y a mis compañeras.



Estamos solas y nos apuñalamos la espalda, nos sacamos el cuero y los ojos, nos burlamos, nos escondemos o dejamos que otros decidan por nosotras y olvidamos que eso esperan de nosotras, una real desarticulación. Las mujeres nisiquiera se ayudan entre ellas, son poco solidarias, eso me decía aquel compañero, que en ese momento se parecía más a Pepe Grillo.



Entonces me vuelvo a preguntar ¿dónde quedó la solidaridad con el género? Hasta los días de hoy me lo pregunto y trato de reponder y vuelvo a pensar ¿dónde quedó la solidaridad con el género?