Los días que a veces pasan estando yo inmóvil y ociosa dentro de esta casa, hacen que me divierta de formas peculiares, como por ejemplo creando figuras en la madera.
Recuerdo que jugábamos con mi hermano y creo más de alguna vez también jugué contigo.
Era en el sur, como siempre, era verano y llovía de forma torrencial como en Valdivia en un junio o julio. En aquellos atardeceres estábamos encerrados en casa sin poder salir. En ese tiempo no había una televisión en casa y la radio no se escuchaba, sólo conversábamos (en realidad gritábamos) yo desde el entre techo, mi padre y mi madre en el comedor, mi hermana en la cocina, mi hermano acostado en la pieza y mis sobrinos jugaban en la habitación de alojados.
Al calor de la estufa a leña y de la conversa que en realidad era una escusa para hacer otras cosas, por ejemplo mi padre llenaba un puzzle y mi hermano dormitaba pasando la caña de la noche anterior. Mi madre empezaba a hacer las sopaipillas para tomar once, y mi hermana picaba el ají verde que la hacía llorar, yo miraba el techo y comenzaba a ver figuras en la madera, madera de segundas que tienen anillos y agujeros en casi todas partes, pero solo veía osos, osos polares.
En realidad estaba acostada en la cama y con los pies en el techo, me entretuve un buen rato buscando algo más que osos y aparecieron otras imágenes como una zuricata y algunos roedores, solo fueron animales y eran muy chistosos, a veces mis carcajadas eran enormes y todos me preguntaban porque me reía, les contaba y me decían esta chica esta loca.
El tiempo pasaba lento en aquella casa y llovía como nunca o como siempre y yo algo aburrida del encierro miraba esa madera de segunda categoría y amaba mi hogar y nuestra casita en el cerro de una playa que pocos conocen. El aburrimiento pasó luego pues a mi me tocaba freír las sopaipillas y poner la mesa para la once, esas onces con mate que ahora tanto deseo.
Mis sobrinos eran los más inquietos sólo anhelaban el sol para poder disfrutar del mar y de los juegos en la arena, yo en cambio anhelaba que el tiempo pasara lentamente.
Después de la once y durante la sobremesa la lluvia comenzaba a detenerse y al mirar por la ventana se veían algunos rayitos débiles de sol que anunciaban el fin del diluvio. Mis sobrinos eran los más felices.
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