He dedicado parte de mi vida a buscar alguna mujer que no posea una armadura. Es imposible. Todas tenemos una para que el dolor no sea profundo y nos hunda en la depresión.
Mujeres de toda condición, que poseen armaduras diferentes, con diseños y colores, incluso hay algunas que son deportivas o elegantes. Armaduras ocultas, por opción o impuestas, pero ahí están, aunque intenten pasar desapercibidas.
Mujeres que calculan la vida, con ojos desafiantes, mujeres frías que ya no desean, mujeres prácticas que ya no juegan.
Es cierto que las armaduras son más que hierro y metal. Es verdad que el peso es tan grande que comienzan a aparecer jorobas y las hernias correspondientes.
A las mujeres con armadura no les entran balas, cuchillos, flechas, ni palabras mal intencionadas. No hay dolor.
Las mujeres armadura ya no les interesa quitarse aquella carga, ya no pueden llorar. Los hijos, el esposo, el amante o los amigos no conocen lo que hay detrás de aquella armadura que se incrustó en la piel y hasta en los huesos.
Ellas jamás han llevado el sol en la cintura, los ojos no son los de una chiquilla y las sonrisas se han perdido al igual que las lágrimas y las ganas de gritar.
Pocas veces ven el sol, muy pocas veces algún rayo les acalora el cuerpo, sus pieles son pálidas y sus labios helados.
Han olvidado la tibieza de un cuerpo a su lado, al igual que la ternura de un amor que las desnude, las observe sin esa armadura y que sólo halague su abandonada y blanca desnudez.
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